Queremos que rindan al máximo, que tengan energía y que estén sanos. Por eso, con la mejor de las intenciones, muchas veces los adultos empezamos a poner normas rígidas en la mesa: “Eso es malo para entrenar”, “eso está prohibido”, “si comes eso, no rendirás igual”.

Pensamos que los estamos educando. Sin embargo, desde la psicopedagogía y la psicología del desarrollo sabemos que la restricción temprana no enseña a comer de forma saludable; enseña a relacionarse con la comida desde el miedo y el control.

A edades tempranas, el cerebro de un niño procesa los mensajes de una manera muy concreta. Esto es lo que ocurre a nivel cognitivo y emocional cuando prohibimos alimentos en el deporte base:

1. El lenguaje que usamos construye su realidad (y su culpa).

Cuando los adultos etiquetamos la comida como "buena" o "mala", el niño traslada de forma inconsciente esa etiqueta a su propia identidad. Si come algo "malo", siente que él está haciendo algo malo o que es un "mal deportista". Asociar el rendimiento deportivo o el valor personal a lo que hay en el plato genera una carga emocional pesadísima, convirtiendo el momento de la comida en una fuente de estrés en lugar de un espacio de bienestar.

2. El pensamiento dicotómico y la pérdida de autorregulación.

Los niños se encuentran en etapas de desarrollo donde tienden al pensamiento dicotómico (todo o nada, blanco o negro). Si les enseñamos que un alimento está prohibido, eliminamos la escala de grises y, con ella, la capacidad de negociar y gestionar su propia conducta. Al prohibir, anulamos su autorregulación innata (escuchar cuándo están saciados o qué necesita su cuerpo) y la sustituimos por una norma externa. ¿El resultado? Cuando el adulto no está presentes para vigilar, aparece la ansiedad por el "objeto prohibido" y la falta de herramientas para gestionarlo.

3. La rigidez cognitiva frente a la flexibilidad para la vida.

El deporte infantil debería ser un escenario para aprender resiliencia, compañerismo y flexibilidad. Introducir normas dietéticas rígidas fomenta la rigidez cognitiva. Si el niño cree que su éxito depende milimétricamente de no saltarse la norma alimentaria, desarrollará una baja tolerancia a la frustración y una autoexigencia destructiva que tarde o temprano afectará a su autoestima, tanto dentro como fuera de la pista.

Educar desde el acompañamiento, no desde el veto

La verdadera labor psicopedagógica en el deporte no consiste en controlar el plato del niño, sino en acompañarlo a comprender su cuerpo.

En lugar de prohibir, podemos cambiar el enfoque:

Para que un niño o niña sea un deportista sano el día de mañana, necesita que su entorno entrene su cuerpo, pero, sobre todo, que proteja su equilibrio emocional.


Carolina Pérez 

Psicopedagoga, Entrenadora de Ciclismo, Coach